La cuestión es delicada porque el Lic. Calderón ha caído en las provocaciones y ha dado respuestas a todas luces desproporcionadas; él es el Jefe del Estado y no puede permitirse el lujo de no proteger, frente a todo y a costa de todo, (que no a cualquier costo), la investidura presidencial.
Se criticó severamente a Vicente Fox, con justa razón, por su desparpajo en el ejercicio como primer mandatario; y sin duda, este nefasto personaje generó severos daños a la imagen de la Presidencia, lo cual llevó a muchos a advertir que sería muy difícil para el siguiente Presidente revertirlos.
En la nueva estrategia puesta en marcha por el Ejecutivo hay mucho de riesgo, a pesar de que para los estrategas de Los Pinos se vislumbren altos beneficios en el corto plazo; es decir, posible incremento en la aprobación del gobierno, con la exigua esperanza, al parecer, de que se traducirá en beneficios electorales.
Lo peor, sin embargo, se encuentra en el inexplicable modelo de eventos que se están desarrollando, en los que el Presidente entrega personalmente dinero en efectivo; entrega “focos ahorradores”; lleva despensas en mano, y dando con ello la espalda a la idea de que por fin, con base en las reglas de operación, la política social se institucionalizaría.
La visión patrimonialista del poder nunca ha dejado nada bueno, ni aquí ni en ninguna parte. Hacer creer a la población que es una persona quien con base en la buena fe, el compromiso personal o la voluntad individual desarrolla acciones de ayuda a la población, da al traste con el propósito mayor de fortalecer a las instituciones.
No es positivo para un Estado social de derecho que el Jefe del Estado se vea ante la opinión pública contando pesos y centavos, regañando a los ciudadanos o poniéndose al tú por tú con quienes, con base en la imprudencia o con intenciones evidentemente políticas, se dedican a la provocación, aún en el pleno uso de su libertad de expresión.
No es aceptable que en medio de la vergüenza que nos ha plantado cara frente a los rostros infantiles del hambre, la política social sea rebajada una vez más a tareas asistencialistas y de corto plazo, que están muy lejos de resolver de fondo el profundo problema de desigualdad y pobreza en la que viven más de 50 millones de mexicanos.
En poco abonan a fortalecer al Estado de Bienestar las nuevas imágenes del Presidente, sobre todo si se les compara con las que pudimos ver en el Diálogo del Castillo de Chapultepec de frente al movimiento de “los indignados”, encabezado por el poeta Javier Sicilia. En esa ocasión, aún cuando muchos no coincidimos con lo que Felipe Calderón sostenía, reconocimos el carácter demócrata del encuentro, así como la importancia de que ambas partes expusieran con franqueza y de manera abierta sus tesis y posiciones.
Después de que el General Secretario de la Defensa nos advirtiera que hay regiones del país fuera de control de las autoridades, y peor aún, que la seguridad interna está en riesgo, lo esperable era que el Ejecutivo replanteara diversas estrategias, incluida las vinculadas a la política social, a fin de fortalecer el tejido social y las capacidades de las instituciones.
Asimismo, ante los severos cuestionamientos hechos por la Auditoría Superior de la Federación, con base en el informe sobre la Cuenta Pública 2010, lo prudente sería mostrar un férreo blindaje de los programas sociales, porque lo que puede venir es que en los próximos meses veamos en eventos públicos, también a gobernadores, diputados, presidentes municipales, regidores, síndicos y toda clase de políticos y funcionarios repartiendo dinero en efectivo, bajo el amparo de que, si el Presidente lo hace, ¿por qué ellos no?
Los tiempos electorales están encima y obligan a la prudencia. La política ya está suficientemente desprestigiada como para que sea desde la Presidencia desde donde se propicie mayor encono y visos de inequidad en la contienda.
El Lic. Calderón no tiene ninguna necesidad de abrir un nuevo flanco en el ya de por sí complejo escenario nacional. El diseño de las estrategias de comunicación de la Presidencia no surgen de la casualidad; hay responsables de asesorar al Jefe del Ejecutivo, lo cual puede generar mejores decisiones, pero también abre la puerta para que, aprovechando la coyuntura, haya quienes logren convencer a su jefe de ir a una aventura innecesariamente riesgosa.
Es difícil asumir que detrás de esta campaña haya la intención presidencial de moverse en los límites de lo legítimo. Siendo así, pareciera que hubo quienes decidieron apostar ante la confusión de las agendas, para tratar de beneficiar al partido en el gobierno. A estas alturas, en las que el poder declina y las deslealtades afloran, no queda más que pensar que en la implementación de la nueva estrategia de comunicación presidencial -de corte muy similar a los populismos de antaño- alguien definitivamente engañó al Presidente.
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