¿Alguien puede decir que es aceptable el hecho de que de los 2,450 municipios que hay en el país, en 2,013 más del 50% de su población es pobre multidimensional, mientras que en otros 193 la proporción de personas que viven en similares condiciones se sitúa entre el 40 y el 49.9%?
Por si este escenario no fuera suficiente, en su más reciente informe (2011), el Coneval afirma: “El incremento del número de personas en situación de pobreza estuvo relacionado con el crecimiento de la población que carece de acceso a la alimentación, la cual aumentó en 4.2 millones entre 2008 y 2010, así como a la reducción del ingreso real de los hogares…”
Pero lo peor está por venir; esto, como resultado de la intensa sequía que está devastando las zonas más deprimidas en el país, en las cuales no sólo se agudizarán las condiciones ya difíciles, sino que muchas personas que hoy “libran” el umbral de la pobreza, muy probablemente van a caer en el margen de aquellos que requieren de apoyos o subsidios públicos para apenas tener lo indispensable.
Debe considerarse además, que según el más reciente informe de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, referidos al cuarto trimestre de 2011, la tasa de desocupación es de 4.85% de la Población Económicamente Activa (PEA), es decir, 2.43 millones de personas en paro laboral prolongado.
Sobre el tema, sostiene el Coneval en su informe: “Además de los problemas económicos de la crisis coyuntural, también existen problemas económicos de largo plazo, pues el crecimiento del PIB per cápita fue de sólo 2% anual promedio entre 1950 y 2010”.
Si a ello se agrega que las condiciones salariales son cada vez más críticas y se deterioran aceleradamente, además de que los salarios siguen no sólo estancados, sino que van en “caída libre” en lo que al poder adquisitivo de los trabajadores se refiere, entonces puede sostenerse que tanto el modelo de desarrollo en general, como la propuesta de alternancia que ha gobernado en los últimos 11 años, en lo particular, han fracasado rotundamente.
La desigualdad, la gran falla geológica de nuestro país, como le ha llamado José Woldenberg, sigue siendo abismal. Según los datos de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto en los Hogares, 2010, el decil de ingresos más alto percibe 25 veces más ingresos que el decil más bajo.
En México hay ya 14 millones de personas que trabajan en la informalidad, es decir, en las más precarias condiciones, sin seguridad social, sin ingresos estables y por supuesto, sin posibilidades de pensar en el futuro de acceder a un plan de retiro que les permita envejecer con dignidad y con la calidad de vida que toda persona merece.
Nada puede justificar la enorme ineficacia de las autoridades en todos los órdenes y niveles de gobierno; peor aún resulta cuando esta ineficacia se debe, no a errores de concepción teórica, sino a la irresponsabilidad y la incompetencia que caracteriza a una gran masa de funcionarios y representantes populares que han llegado al cargo con el único propósito de saquear las arcas públicas.
Hay mucho de inmoral en el incumplimiento del deber en un régimen republicano. No en vano Aristóteles consideraba que no había mayor virtud que servir con inteligencia y capacidad al Estado; en consecuencia, para la Grecia antigua no había peor delito que la corrupción y la incompetencia.
Desde esta perspectiva –y desde muchas otras- México se ha convertido en un país en proceso de putrefacción, porque la corrupción y la incapacidad para gobernar se encuentra por todos lados, y por todos lados también genera perniciosos estragos en la calidad de vida de las personas y sus familias.
Hace dos años, expertos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático advirtieron que en México habría una severa sequía y que las autoridades tenían la responsabilidad de generar programas emergentes de apoyo al campo, en particular en las zonas más pobres, y sobre todo, generar proyectos para garantizar la seguridad alimentaria nacional. Nada de esto se hizo y hoy más de 330 municipios indígenas con más del 50% de sus poblaciones en condiciones de hambre.
La sequía va a continuar al menos tres meses más y ante ello surge nada menos que el azoro: ¿cómo van a sobrevivir, no sólo los más de 100 mil rarámuris que viven en la Sierra Tarahumara, sino cómo lo van a hacer, por citar sólo un dato, los más de 5.2 millones de niñas y niños que viven en situación de hambre de pobreza extrema en todo el país.
La realidad que enfrentamos es muy triste, y más todavía es indignante, porque dicho en los términos más llanos que existen, hoy millones se encuentran en una condición en la que literalmente, ni para frijoles les alcanza.
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