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Domingo, 05 de Febrero de 2012 14:03

Vivir con discapacidad

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Para mis dos amigas; Yolanda y Covadonga


¿Se ha preguntado alguna vez cómo sería su vida si sus piernas no tuvieran funcionalidad y para desplazarse requiriera de una silla de ruedas? ¿Ha pensado en algún momento en lo que significa la oscuridad permanente? ¿Cómo pensaría y cómo articularía sus ideas sobre el mundo y la vida sin poder expresarlas a través de la voz, o bien, qué haría si no pudiese en lo absoluto escuchar?

Estas son sólo algunas preguntas que vale la pena hacernos, frente a algunas de las formas de la discapacidad, la cual es definida por la Organización Mundial de la Salud, como la pérdida de la facultad sensitiva o motora de algún miembro o aparato del organismo humano.

La discapacidad es, atendiendo a esa definición, una característica física que describe precisamente cuál es la limitación que tiene el cuerpo humano, ya sea para desplazarse o para percibir el mundo circundante.

Es pues evidente que la discapacidad no puede ser asumida jamás como sinónimo de enfermedad o padecimiento; sobre todo esto segundo porque es todavía común escuchar o leer a personas que conciben a la discapacidad como algo “que se padece” y no “algo con lo que se vive”, si nos atenemos estrictamente a la definición.

No obstante lo anterior, quien vive con algún tipo de discapacidad o limitación física o intelectual, enfrenta un sinnúmero de barreras físicas y sociales, que éstas sí son de verdad padecidas, porque su expresión se da en la mayoría de las ocasiones en las peores formas de discriminación.

Según los resultados recientemente presentados por el Conapred sobre la Encuesta Nacional sobre Discriminación, la sociedad mexicana mantiene actitudes verdaderamente miserables en su trato y relación con quienes no pueden caminar, ver, escuchar, hablar o bien, nacieron con o adquirieron una discapacidad intelectual.

Según el Censo 2010, en México hay poco más de 4.52 millones con alguna discapacidad o limitación. De ellos, 2.43 millones presentan discapacidad motora; 1.29 millones tienen debilidad visual o no pueden ver; casi medio millón no escucha; 401 mil no pueden hablar; mientras que 448 mil más tienen una discapacidad intelectual.

A pesar de estos datos, es importante destacar que junto con estas personas hay al menos otros ocho millones que, al ser parte de sus familias, conviven cotidianamente con la discapacidad y junto con sus seres queridos, sufren la discriminación, el rechazo, la imposición de barreras y limitaciones, e incluso, la agresión física, verbal o emocional u otras formas de odio y violencia.

En 1995 fue creado el Programa Nacional para el Bienestar y la Incorporación al Desarrollo de las Personas con Discapacidad (Convive). Para muchos, esta iniciativa, liderada por Mario Luis Fuentes en el Gobierno, y por cientos de líderes sociales en organizaciones de la sociedad civil, sigue siendo el mejor esfuerzo que se ha llevado a cabo en nuestra historia reciente para promover la plena inclusión de este grupo poblacional.

A pesar de haber sido una iniciativa pionera en el intento de darle integralidad a las acciones y de sumar los esfuerzos de la sociedad civil y el gobierno, a partir del 2001 fue abandonada casi por completo, mientras que en la presente administración, una estrategia que sumaba a las principales instituciones del Estado, fue reducida a la pírrica idea en torno a una oficina dedicada fundamentalmente a la gestión de sillas de ruedas y otros apoyos en especie, así como a fungir como oficialía de partes para canalizar las peticiones y demandas de las personas y organizaciones de y para personas con discapacidad.

De la lucha contra la discriminación que encabezó don Gilberto Rincón Gallardo, poco queda en la agenda de las instituciones públicas; mientras que en el Congreso de la Unión el Conapred sigue siendo visto como un “buen accesorio” del Gobierno, y no como un instrumento fundamental en el esfuerzo permanente que debemos llevar a cabo para prevenir y erradicar la discriminación.

54% de quienes viven con alguna discapacidad declara que sus ingresos son insuficientes para cubrir sus necesidades de alimentación, salud, vivienda y educación; y cómo no va a ser así, si poco más de la mitad de las personas que viven en esa condición depende de los ingresos de sus familias para vivir.

Mientras esto ocurre, millones de personas en México siguen siendo discriminadas en las escuelas, tanto públicas como privadas, porque se les niega el acceso, se les rechaza, o bien porque todos los días viven agresiones y tratos crueles y degradantes.

Es un hecho que las empresas aseguradoras siguen actuando con base en prácticas discriminatorias respecto a quien tiene una discapacidad; que en hospitales públicos y privados se les niega atención; que el transporte público les es prácticamente inaccesible; que las calles y banquetas siguen siendo obstáculos reales para su movilidad, y un largo etcétera que debe darnos pena.

Si en México queremos transitar hacia un modelo de sociedad incluyente, justo y con garantías para una vida de todos en dignidad, un buen punto de inicio es la erradicación de las prácticas discriminatorias en contra de los grupos vulnerables, y entre ellos, muy especialmente, el de las personas con discapacidad.

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