.
logo_ceidas
EV3

Suscríbete

youtube twitterfacebook   rss

México Social

MxicoSocial
Domingo, 22 de Enero de 2012 13:45

El hambre en la Tarahumara

Quien se llame a sorpresa en el Gobierno por lo que está ocurriendo en la sierra Tarahumara, o es un hipócrita o definitivamente no conoce nada del país, por lo que simplemente no debería ocupar ningún cargo público. Según los datos del V Informe del Ejecutivo federal, Chihuahua tiene una tasa de mortalidad materna mucho más alta que la registrada a nivel nacional. En efecto, mientras que en el país la tasa es de 50 fallecimientos por cada 100 mil nacidos vivos, en Chihuahua es de 74.1.

Asimismo, la tasa de mortalidad infantil, es decir, el número de fallecimientos de menores de un año por cada mil nacidos vivos, es apenas inferior al promedio nacional, el cual se situó en 2011 en 13.7, mientras que en Chihuahua es de 12.1. A pesar de ello, si se observa lo que ocurre en la sierra Tarahumara, la tasa es mucho más elevada, pues Batopilas, por poner solo un ejemplo, es el municipio con la mayor tasa de mortalidad infantil en todo el país.

Otro indicador relevante es el relativo a la tasa de mortalidad infantil por deficiencias nutricionales, en el cual Chihuahua presenta valores peores que la media nacional, pues en aquel estado el dato es de 6.2 fallecimientos de menores de cinco años por cada 100 mil en ese grupo de edad, mientras que el promedio-país es de 5.4.

En evidencia, los datos en las zonas de mayor rezago son mucho peores. Por ejemplo, en el ya mencionado municipio de Batopilas, el 91% de su población vive en condiciones de pobreza; en Guachochi, municipio en donde se dio a conocer con mayor agudeza la hambruna, el 82.3% de sus habitantes son pobres. Urique, otro municipio rarámuri, tiene un porcentaje de pobreza de 86.8%, mientras que en Uruachi, es de 89.7%.

Estos datos son conocidos por el gobierno desde el año pasado; sin embargo, ante los resultados de la medición multidimensional de la pobreza no hubo ningún replanteamiento de la política social, cuando fuimos muchos los que, una vez que se dio a conocer tal medición, sosteníamos que era urgente el replanteamiento de los programas sociales, pero más aún, un profundo cambio en la estrategia de las políticas públicas para el abatimiento de la pobreza.

Sin duda alguna son las y los indígenas quienes viven en mayores condiciones de desventaja, exclusión y discriminación. Según los datos del Coneval, menos del 7% del total de quienes hablan una lengua indígena tienen niveles adecuados de bienestar, mientras que más del 93% viven en pobreza extrema, mutidimensional o en algún grado de vulnerabilidad por carencia social o de ingreso.

Así visto la pregunta es, ¿hasta cuándo se van a mantener las mismas políticas sociales, las cuales son a todas vistas no sólo insuficientes, sino ineficaces, para mejorar las condiciones de vida de las personas hablantes de lenguas indígenas?

¿Por qué no ha habido una reacción del Gobierno federal, y de los de los estados, más allá de la caridad, a fin de que esto que estamos viendo se resuelva de inmediato, pero sobre todo, que no se vuelva a repetir nunca más?

¿Se van a seguir tomando las medidas mediocres de acopio y envío de víveres y algunas ayudas en especie, o se va a asumir de una vez por todas, el reto de construir una nueva lógica de solidaridad y acceso a la justicia y a una vida con dignidad para los pueblos indígenas?

Porque dadas las condiciones de sequía y de catástrofe en el ámbito rural, es posible que muy pronto otras comunidades y pueblos indígenas van a enfrentar condiciones muy similares a las que se viven ahora en Chihuahua. Al respecto vale también preguntar ¿los gobiernos de Sonora, Durango, Coahuila, Zacatecas, Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Hidalgo y Guanajuato, sólo por citar algunos de los más afectados por la sequía, ya están tomando medidas más allá de lo que siempre se hace?

Más todavía, lo que debería provocar esta severa crisis, que se nos ha manifestado con uno de los más duros rostros —el del hambre— es una profunda reflexión en el Congreso, en conjunto con el Gobierno federal, a fin de colocar al centro de todas las decisiones públicas, la garantía de la seguridad alimentaria para todo el país, ahora y en los años por venir, en los que los estragos del cambio climático serán semejantes o peores que los que hoy tenemos enfrente.

Lo que es un hecho es que la hambruna que se vive en la sierra Tarahumara constituye una verdadera vergüenza nacional, porque nuestro país cuenta con los recursos y capacidades para que, aún con la severa sequía que se enfrenta, ninguna persona se viera ante el riesgo de perder la salud o la vida porque no tiene nada que llevarse a la boca.

Por todo lo anterior, la reflexión que deberíamos llevar a cabo tendría que situarse en el terreno moral, y reflexionar con el filósofo Heidegger, sobre el hecho de que, ante la hambruna, el mayor problema no es sólo que mueran muchas personas, sino que los que sobreviven, lo hagan sólo para seguir comiendo.

Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

Login to post comments