Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma Metropolitana. Es Profesor Emérito de la UNAM; Profesor titular “C” de tiempo completo en la Facultad de Economía; coordinador del Centro del Estudios Globales y de Alternativas para el Desarrollo de México; Coordinador del Seminario Universitario de la Cuestión Social; y PRIDE “D” de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Colaborador semanal de La Jornada y mensual de Nexos. Miembro del consejo editorial de la revista Economía de la UNAM. Miembro de la Mesa Editorial de la revista Nexos. Es autor de varios ensayos y libros, como "La Disputa por la Nación" (en coautoría con Carlos Tello); “Volver con la memoria, conversaciones con intelectuales, políticos y hombres de la ciencia, el arte y la cultura del siglo XX”; coautor de “Pobreza, desigualdad y exclusión social en la Ciudad del Siglo XXI” y “Política Social: experiencias internacionales” y “Democracia, desigualdad y derechos humanos: el reclamo al Estado”.
El Presidente se equivocó de nuevo, o bien decidió que su chamba ya no es la de él. Que es mejor pasar a retiro cuanto antes y acomodarse al mundo que le mal enseñaron en su año sabático de Harvard y le reafirmaron sus cuates de los diplomados del ITAM.
Entre los “milagritos” en que Fox basa el triunfo de Josefina y las bravatas sin sentido del fantástico Quadri, la campaña presidencial traza un perfil sinuoso y refractario para las ansias ciudadanas de un discurso político comprometido con diagnóstico y propuesta. Y desde ahí vuelve por sus fueros, lastimeramente, el blues del voto nulo.
La necesidad de la reforma se vuelve aguda cuando se piensa en la obra de Jorge Carpizo y se lamenta y sufre su demasiado pronta partida. Como en la gloriosa época de la reforma liberal en el siglo XIX, el México del siglo XXI reclama un severo, drástico, ajuste de cuentas con su evolución reciente para poner en marcha un nuevo curso para su desarrollo. De no ser así, lo logrado en los últimos lustros en apertura política y económica se pondrá en peligro y los frágiles entendimientos sociales en los que aún se sostiene nuestra convivencia comunitaria darán paso a la anomia y el desaliento, los mil y un exilios interiores y la furia individual y colectiva, para dar entrada a las tendencias siempre presentes a la entropía y la desintegración nacional.
A partir de una mala y mal averiguada interpretación de la ley, el Presidente decidió hacer su propio informe de fin de gobierno y enjundioso se encerró con periodistas y afines para responder a un más que figurado interrogatorio ciudadano. Desde el sofisma más elemental, Calderón quiso convencer al ciudadano imaginario del momento (pace Fernando Escalante) de que se había avanzado en el abatimiento de la pobreza, la reducción de la desigualdad y nada menos que en desempeño económico, para no hablar de su obsesión con la seguridad y el combate al crimen organizado.
Hace tres años, asistimos a una brutal y costosa constatación: el así llamado pensamiento único, que postula la eficiencia de los mercados y su imbatible eficacia para autorregularse, no sólo estaba equivocado en sus premisas fundamentales, sino que su preceptiva, el vademécum que alguna vez se intentó condensar en el “Consenso de Washington”, de obedecerse hasta sus últimas consecuencias, no sólo llevaría al globo a una crisis de enorme profundidad, sino que podía tener efectos demoledores en los tejidos económicos y sociales, hasta introducir tendencias autodestructivas en las democracias consolidadas o emergentes, que muy poco tiempo antes celebraban su victoria definitiva sobre el totalitarismo y se aprestaban a construir un nuevo orden global.
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