Jueves, Septiembre 02, 2010 5:42:00 P.M.

CENTRO DE ESTUDIOS E INVESTIGACION EN DESARROLLO Y ASISTENCIA SOCIAL

 
 
 
 
Perspectivas y Contextos
 

Rolando Cordera Campos -- Posted by azy on Monday, March 1 2010
 De percepciones y normalidades: del pasmo a la indignación

Rolando Cordera Campos

Domingo 25 de Abril del 2010

El Presidente y su gobierno nos invitan a entrar al callejón de las percepciones, para en el tránsito encontrar la varita de virtud que nos saque del atolladero en que ya estábamos antes de que les diera por la espeleología. Pero no se trata de un ejercicio en solitario, inspirado ahora por los vientos del trópico acapulqueño y el júbilo financiero. El gobierno federal, en efecto, no va solo en su desbocada carrera. Este jueves, el gobierno de Nuevo León convocó a los regiomontanos a una extraña levitación para lidiar con su insomnio; como dijo el secretario general de Gobierno: la recomendación es seguir con la vida normal. No hubo de esperar mucho el gobernador para enterarse, entre baile y baile, lo que la normalidad significa para sus paisanos: Definitivamente la seguridad se está colapsando (Juan E. Sandoval, presidente de la Canaco, Monterrey); Está totalmente desbordado el tema de la inseguridad, la sociedad está aterrorizada (Gilberto Marcos, presidente de la Federación de Colonias Metropolitanas); Los hechos son contundentes. El estado está a la deriva en materia de seguridad (José Mario Garza, director general de Coparmex; Reforma, 23/04/10, p. 7). Cambiar esta imagen de México, desgranada sufridamente por los regios, no será posible sin antes empezar a cambiar la imagen que del país y de ellos mismos tienen los que nos gobiernan y los que hace cuatro años los impusieron sin considerar mínimamente las implicaciones y consecuencias, directas e indirectas, mediatas e inmediatas, de sus ilegales y arbitrarias acciones. Para imponer un resultado electoral sumamente apretado, sin tomarse la molestia de esclarecerlo a satisfacción de los contendientes y de muchos más que generaron dudas razonables sobre lo que había ocurrido, los arquitectos de la confabulación hubieron de contar con hipótesis sobre lo que haría la parte afectada desde el conjunto de sus ramificaciones y conexiones con el resto del cuerpo social; también, deben haber hecho supuestos varios sobre lo que ellos, sus coaligados y exégetas oficiosos o bajo contrato, podrían hacer para encontrar cuanto antes una solución de continuidad a un nudo que el presidente de entonces había vuelto ciego desde 2005, cuando quiso dar solución final y por adelantado a una sucesión presidencial que su propia necedad había ya complicado en extremo. Este pueblo aguanta lo que le manden –se habrán dicho los conjurados–, y si no –habrían agregado–, con prontas muestras de fuerza y capacidad de decisión podrá recordársele dónde está su lugar, del que no debió haber osado moverse. Y nosotros –se habrán dicho los mandamases de una coalición en curso que se sentía y saboreaba como al fin ganadora, después de tanto escarceo– estaremos siempre listos para inducir y edulcorar, convocar y amenazar a quienes intuyen, y si no lo hacen pronto descubrirán que el país puede ser lo libre y plural que quiera pero nunca genuinamente democrático, en el sentido de por lo menos abrir la posibilidad creíble de que un gobierno distinto, digamos popular, es no sólo necesario sino factible. Los grupos del poder no le concedieron a la sociedad la mínima opción por el riesgo y el cambio de signo en la política y la conducción del Estado. Pensaron por ella y decidieron en consecuencia, arrimando pronto al remedio el nada inocuo palito de la orden ejecutiva al Ejército nacional de pasar a las armas para hacer la guerra. Y ahí empezó a arder, primero a fuego lento y ahora a fuego graneado, nuestra Troya deshilachada y maltratada por tanta mudanza inconsulta y apresurada en busca del Grial del mercado libre y la globalización bien portada. La población politizada y convencida de la imposición no cejó y, si vive asustada como manda el vademécum de la contención de multitudes, no lo ha mostrado ni ha entrado en estampida; su dirigencia puede seguir presumiendo su vocación pacífica, aunque su verbo pueda parecer a muchos estentóreo. El resto, que debe ser la mayoría social y tal vez política, porque ahí se dan cita las más diversas adherencias políticas e ideológicas, vive el temor como cotidianidad y no parece tener más horizonte que la incertidumbre feroz, incandescente, de la violencia que se desparrama y ahoga las conjeturas de todos, del que la ha sufrido y del que sabe que al rato le puede tocar. La sociedad atemorizada es a la vez sociedad airada que de vez en vez se torna iracunda pero contenida, no en las sierras o los llanos ardientes de Rulfo sino en las calles, los barrios, las residencias y los colegios de las ciudades, donde el milagro globalizador parecía haber empezado a tomar cuerpo. Y sin embargo de todo esto, la elite del poder se empeña en creerse sus propias leyendas inspiradas en la peor politología de los modernos, las series o los suplementos de sociales o financieros por ella misma financiados, y no tiene más respuesta ante el remolino que nos alevanta que apelar a la imagen, la percepción y, pronto vendrá, la brujería y el ensalmo. No hay comunicación entre la cúpula desnuda de legitimidad y las diferentes parcelas donde se tejen la sociedad nacional real y la posible. Arriba, pierden la cabeza y su control sobre los pies; abajo, se cocina más de una prueba de Dios en las que debemos esperar (y aspirar) prive la sensatez del que sabe que la violencia es mala consejera y peor compañera. Pero el reto es mayúsculo y no podrá encararse con patéticos llamados a confundir la normalidad con la tontería, ante una sociedad que del pasmo pasará a la indignación, tal vez sin más aviso.

http://www.jornada.unam.mx/

Mario Luis Fuentes -- Posted by azy on Monday, March 1 2010

El olvido de la regulación

La identidad nacional y lo social

Mario Luis Fuentes 26-Abril-2010

Ante esta codicia, el Estado se retrajo y permitió una fiesta especulativa. Se espera que entre 2009 y 2010, el número de pobres alimentarios haya crecido en un millón de personas. 

Terminó la Convención Nacional Bancaria y no hubo una sola propuesta seria para replantear los mecanismos con miras a la regulación de los mercados y, muy en particular, en lo relativo al mundo de las finanzas.

Resulta preocupante que, cuando todavía no terminan de pasar los efectos de la mayor crisis que se ha vivido en generaciones, comience a imponerse el olvido sobre las causas profundas que la produjeron: la codicia y la ambición desmedida.

Ante esta codicia, el Estado se retrajo y permitió una fiesta especulativa cuyas consecuencias sociales son catastróficas: se espera que, entre 2009 y 2010, el número de pobres alimentarios haya crecido en al menos un millón de personas, mientras que los pobres de patrimonio lo hicieron probablemente en más de tres millones.

Del total de nuevos pobres generados por la crisis en América Latina, México aportaría prácticamente la mitad, según las estimaciones regionales, mientras que la desigualdad se incrementó y se ha abierto aún más la abismal brecha entre quienes todo lo tienen y los más pobres.

Cuando en todo el mundo se desarrolla un debate sobre cómo regular y controlar a los mercados, resultó decepcionante el discurso del presidente Calderón ante los banqueros —que hoy no son sino los representantes de los principales grupos financieros globales—, ante quienes pronunció un mensaje obsequioso en el que no se mencionó ninguna propuesta seria que respondiera a la discusión global sobre el tema.

Si ha de replantearse nuestra economía a fin de garantizar un crecimiento para la equidad, deberá tenerse el arrojo de resignificar las palabras o incluso llamarle a las cosas por su nombre, pues, si no se reconoce que la banca mexicana constituye uno de los sistemas de usura más sofisticados del planeta, seguiremos condenados a continuar pagando, por los servicios y productos que ofrece, altísimas tasas de interés y comisiones por arriba de todos los promedios mundiales.

Resulta sorprendente cómo se está desarrollando en nuestros tiempos una reedición del mercantilismo, en el que la riqueza, hoy generada en gran medida por el sistema financiero en los países llamados emergentes, en los que como México se generan las más grandes ganancias, está siendo literalmente expropiada y concentrada, en las grandes metrópolis especulativas, para resolver sus respectivos dilemas y pérdidas. Por ello, una política de Estado en materia financiera, que no sea capaz de sujetarla a una visión mayor del desarrollo nacional, estará condenada a ser contraria a los intereses de la mayoría.

En medio de la catástrofe social global, hay quienes aún sostienen que el egoísmo y la avaricia son valores positivos para el sistema económico. Pero olvidan que ambos tienen un poderoso anclaje en el sentimiento de la envidia y que ha sido este sentimiento, según lo han mostrado autores como Girard, Mauss, Bataille y otros, la fuente originaria de violencias aterradoras y, entre ellas, en el mundo contemporáneo está sin duda la violencia de la pobreza.

Ni el gobierno ni el Congreso han sido capaces de poner límites, mediante la regulación y el control, al sistema financiero, cuando en su regulación se encuentra una buena parte de las posibilidades de construir un nuevo modelo de desarrollo pero, sobre todo, un reinicio ético para invertir los polos de la desigualdad.

mlfuen@ceidas.org

*Director del CEIDAS, A. C.

Saúl Arellano -- Posted by azy on Monday, March 1 2010

Anemia legislativa

Saúl Arellano

La Crónica

Jueves 22 de Abril de 2010

Es ofensiva la forma en que el Congreso se gasta nuestros recursos en anuncios de radio y televisión diciéndonos que trabajan para nosotros. Lo es más si se considera su ínfima productividad aunada a su incapacidad de construir, ante la inopia del gobierno federal, un diálogo inteligente y dirigido a cohesionar a la nación.

El día lunes, José Sosa escribía aquí en La Crónica acerca de la importancia del servicio profesional de carrera en la administración pública federal, y de cómo el sistema que se había planteado originalmente está condenado al fracaso y va en ruta de colisión.

Lo mismo puede decirse del sistema que intentó implementarse en el Congreso. La mayoría de los funcionarios que trabajan en las áreas de asesoría parlamentaria siguen siendo “personal de confianza”, mientras que son muy pocos quienes realmente han entrado a procesos de formación y profesionalización de sus actividades, amén de que cuando lo han hecho las “grillas” y la propia incapacidad de los legisladores les cierran el paso en las tareas de dictamen y generación de propuestas.

Como el descrédito del Congreso frente a los ciudadanos es mayúsculo, a partir del año 2000 se puso de moda una especie de “feria de las iniciativas”, en la que se tomó como verdad incontrovertible que el mejor legislador sería aquel que más veces “subiera a tribuna”, desde luego con el único fin de evitar el escarnio de haberla usado sólo para tomarse alguna vez la foto del recuerdo con la Bandera Nacional a sus espaldas.

Así las cosas, de manera sintomática comenzó a crecer el número de “reformitas” que muchos legisladores, lenta pero inexorablemente, presentaron una tras otra, con el insano objetivo de no pasar desapercibidos, presentándose además a sí mismos como expertos en temas de los que literalmente jamás habían escuchado o de los que están enterados a través de artículos de periódicos y, en el mejor de los casos, de revistas especializadas.

Se ha llegado al absurdo, por sólo citar un ejemplo, de que en la Comisión de Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados hay más de mil iniciativas en espera de ser dictaminadas y que, a juicio de los especialistas, de ser aprobadas al menos en la mitad tendríamos una catástrofe constitucional, pues es tal la cantidad de modificaciones que se han planteado que literalmente tendríamos una nueva constitución armada con base en la lógica del remiendo y el pegote.

La pregunta es: ¿qué va a hacer el Congreso para resolver este rezago? Porque en sí en la Cámara de Diputados hay 44 comisiones ordinarias, obviamente todas con facultades y responsabilidades de dictamen, y en el Senado hay otras 59 y se asume que en cada una de ellas hay al menos 50 dictámenes pendientes de ser atendidos (una cifra que realmente es conservadora), tendríamos más de cinco mil iniciativas estancadas en el Congreso.

Si nuestros órganos legislativos tuviesen cuerpos especializados de asesores, integrados de manera transparente y con base en el prestigio académico y profesional, podría plantearse una serie de medidas que evitaran esto que he denominado como “feria de las iniciativas”.

Una comisión, por ejemplo, que tuviera la responsabilidad de filtrar la calidad técnica, teórica y de pertinencia social de las iniciativas, podría evitar que las comisiones con responsabilidad de dictamen perdieran el tiempo y estuviesen ahogadas, como lo están ahora, en la revisión de muchas iniciativas, puntos de acuerdo y posicionamientos, que son verdaderos monumentos a la estulticia.

Por todo esto, el Congreso sigue dando prioridad sólo a las iniciativas que cuentan con el respaldo de los medios de comunicación, que son de interés evidente de los grupos económicos, que han sido dictaminados por sus propios promotores y que son entregados a las presidencias o secretarías de comisiones dictaminadoras para que se las aprueben, y un largo etcétera de aberraciones que en un Congreso apegado a la legalidad y sobre todo a la ética no podrían ocurrir.

Cuando se piensa en el desarrollo institucional se alude generalmente a las estructuras del gobierno; empero, hay una insuficiente discusión en torno a cómo modernizar, profesionalizar y darle una nueva estructura orgánica, funcional y operativa a nuestro Congreso.

Un servicio profesional de carrera que permita construir equipos con sólidas formaciones tanto técnicas como conceptuales podría contribuir a que las ocurrencias de los legisladores tengan al menos algún sentido y sirvan para armonizar, mejorar y potenciar la capacidad del marco jurídico para proteger plenamente los derechos humanos en nuestro país.

Mientras tanto, las reformas relativas a la protección del interés superior de la niñez, el derecho a la alimentación y otras de un fuerte contenido social, que han estado en debate en el Congreso desde al menos hace cinco años, tendrán que seguir durmiendo el sueño de los justos, porque simplemente no hay quién elabore los dictámenes respectivos.

Desde mi humilde opinión, esta parálisis bien puede recibir el nombre de anemia legislativa y creo que es válido seguir insistiendo en que mientras el desempeño de los legisladores no mejore, seguirá siendo sumamente injusto que perciban 150 mil pesos mensuales, pagados, claro está, con el dinero de nuestros impuestos.

sarellano@ceidas.org

Enrique Del Val Blanco -- Posted by noticias on Monday, June 22 2009

Desastre aéreo

Enrique del Val Blanco  23-Abril-2010

Muchos mexicanos, y también extranjeros, nos preguntamos cuáles son los acuerdos y privilegios que gozan las compañías aéreas nacionales Aeroméxico y Mexicana para hacer lo que les da la gana con quienes no tenemos más remedio que utilizar y pagar por sus servicios.
Cada día es mayor el número de pasajeros con quejas, muchas de las cuales quizá no lleguen a ser del conocimiento de las autoridades. Tan sólo hay que pasear por cualquier aeropuerto nacional para ver el estado de ánimo que genera la mala la calidad de los servicios que ambas prestan. Desde exorbitantes tarifas, sobre todo en tramos donde son casi únicas, hasta el cada día mayor desprecio hacia los pasajeros en aspectos tan concretos como la puntualidad en salidas y llegadas. Ya ni se molestan en poner el letrerito de “vuelo a tiempo”, porque por alguna razón mágica esto ya no es posible. Todavía recordamos cuando Aeroméxico presumía de ser la compañía con mayor puntualidad. Pero son polvos de otros lodos.

Ahora encontramos fallas en los asientos, el aire acondicionado, las luces de lectura, en extravíos o aperturas de maletas, y así podríamos continuar. De un tiempo para acá las dos empresas han caído muy bajo. También se comenta que varios vuelos han debido regresar a su origen por fallas, que según las compañías están dentro del rango, pero empezamos a dudar de que estén siguiendo todos los manuales para tener las aeronaves en perfectas condiciones. Las fallas que hay dentro de la cabina así lo indican.

Ante este panorama, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) parece ser muy tolerante, como si el problema fuera entre particulares y no estuviera obligada a vigilar la operación, más allá de declaraciones aisladas sobre la conveniencia de que ambas líneas se fusionen nuevamente.

Propuesta que, por cierto, han rechazado las mismas, como si su situación financiera fuera bonancible. Incluso, recientemente nos enteramos por los medios de comunicación de que el organismo público Aeropuertos y Servicios Auxiliares contrató un crédito para apoyar a las empresas que tienen problemas para pagar el combustible, lo que parece absurdo en esta economía del sacrosanto “libre mercado”.

Si nos basamos en lo que sabemos de este sector a nivel internacional, donde las fusiones están a la orden del día, parece imposible que estas dos compañías puedan seguir operando separadas, con los resultados económicos que tienen y con la situación económica que prevalece en todo el mundo. Hay absurdos, como la competencia irracional que se hacen en las mismas rutas, notablemente en el extranjero donde, por cierto, sí ajustan sus precios e incluso hacen ofertas ruinosas para competir con compañías de otros países y llenar sus vuelos.

La comunicación aérea es un tema de prioridad nacional, sobre todo al considerar la insensata decisión de hace unos años de eliminar el transporte ferroviario de pasajeros.

Poco a poco nos acercamos inexorablemente a la quiebra o suspensión de pagos de Aeroméxico y Mexicana. Y claro, cuando ocurra, el gobierno federal, sea del partido que sea, tendrá que entrar a salvarlas una vez más.

Sería conveniente que la SCT dejara un poco de sus múltiples ocupaciones y le pusiera atención a este sector, para poner orden antes de que sea demasiado tarde y los ineficientes dueños actuales tiren la toalla o, lo que es peor, hagan el tradicional gran negocio con el salvamento del gobierno.

Se debería revisar desde que se les vendieron y verificar a qué se comprometieron; seguramente se encontrarán muchas de las respuestas de lo que sucede.

Ya no queremos otra historia de empresas quebradas y empresarios ricos.

Analista político y economista

http://www.eluniversal.com.mx/

Federico Reyes Heroles -- Posted by noticias on Monday, June 22 2009

   

En Campaña

Federico Reyes Heroles  27-Abril-10


Bautizos, primeras comuniones, quince años, graduaciones, cumpleaños, bodas y sus aniversarios, cualquier pretexto es bueno. Los mexicanos festejamos todo en la vida, festejamos hasta la muerte. Y sin embargo aquí estamos, a unos cuantos meses del bicentenario de nuestra Independencia y del centenario del movimiento emblemático de la Revolución y el ánimo de orgullo, de festejo no está aquí. Todo en exceso es malo, incluidos los festejos a los que somos tan afectos, pero en este caso el vacío de festejo que estamos viviendo es muy grave.

Se podría argumentar que lo mejor está por venir, que el 16 de septiembre los cielos de nuestras ciudades se llenarán de colores, que los mariachis inundarán las plazas, que en la principal avenida de la capital se construye un arco de luz o algo similar, que hay múltiples ediciones conmemorativas, que en las pantallas de las estaciones de estado aparecen sesudos programas, que las carreteras están inundadas de letreros que conducen a los sitios históricos, que hay puentes y vialidades muy importantes que ya se ostentan como producto de la conmemoración, que en fin, las acciones se cuentan por cientos y que de seguro correrá el tequila. Ésa es la respuesta del oficialismo. El expediente está cubierto, punto.

También se podría argumentar que no son tiempos de festejos, que los estragos de la crisis económica están allí y se expresan en desempleo, en pobreza. Se podría incluso considerar impropio un gran festejo en un país en que los pobres extremos aumentaron en los últimos dos años y en el que además se vive una "guerra" en la cual los muertos se cuentan ya por decenas de miles. El argumento aquí es lo poco pertinente del festejo. Y sin duda hay bases para el razonamiento. Pero quizá la verdadera explicación sea aún más grave que la falta de grandeza en las acciones oficiales o la impertinencia del festejo. Quizá el vacío se explique por una terrible confusión y mezquindad en las elites políticas. Me explico.

¿Tiene México algo que festejar? Hasta la pregunta parecería ociosa y sin embargo hay senadores que la formulan en público. Por supuesto que hay muchos motivos lo cual no implica negar los pendientes que también son muchos. Hace dos siglos la integración del país se tambaleaba. Tan fue así que habríamos de perder la mitad del territorio. La península de Yucatán y la de la Baja California no tenían nada en común, pertenecían a mundos diferentes. Las guerras intestinas y la inestabilidad eran asuntos de todos los días. Ni los gobiernos locales ni el central, que terminaría constituyéndose como federación, tenían la capacidad para conducir al país. La miseria más profunda abrazaba a casi toda la población. La ignorancia era la regla y los ilustrados una pequeñísima porción. Para todo fin práctico México no existía en el concierto internacional. Los tropiezos durarían décadas. En la desesperación importaríamos a un emperador. La gestación de la república costaría mucha sangre. Eso no se puede olvidar.

Hace un siglo más del 90% de la población era analfabeta, la esperanza de vida era inferior a los cuarenta años, no había electricidad, ni carreteras, ni aeropuertos, ni escuelas a lo largo y ancho del país, tampoco hospitales, ni universidades, ni institutos de excelencia. Festejar, por supuesto. ¿Cómo es posible que nos cuestionemos lo evidente? Si bien es cierto que hoy sigue habiendo opulencia y miseria, también lo es que hace un siglo las hoy amplísimas clases medias simplemente no existían. Por eso el vacío de festejo no cuadra. Pero quizá la explicación sea otra. Ese México de hoy no se explica sin Juárez, que nunca ha sido popular entre el panismo. Tampoco se explica sin Carranza, sin Obregón, sin Calles que no están de moda. El asunto se complica.

La modernidad mexicana no puede saltar a Lázaro Cárdenas, ni a Ávila Camacho, ni a Miguel Alemán, ni a Ruiz Cortines, ni a López Mateos, ni al innombrable Díaz Ordaz, ni a los que le siguieron con todas las terribles historias que conocemos. El problema con los festejos es que nos confrontan con el largo periodo de gobiernos desde el PNR hasta Ernesto Zedillo pasando por Salinas, nos confrontan con el PRI. Cómo explicar la evidente modernización de México sin aludir a los múltiples logros de la etapa autoritaria. Peor aún en un año en que la mitad de las entidades tienen elecciones y, aún más grave, a dos años de una elección presidencial en la cual el priismo podría volver. Ése podría ser el nudo de fondo, que el PAN y PRD, hoy aliados y opositores históricos, han erigido al PRI en el ogro que explica todos nuestros males y hoy no pueden digerir la realidad.

El problema es que ésa es nuestra compleja historia. El problema es que no se puede, ni se debe, ocultar o mentir a los jóvenes. El problema es que el autoritarismo puede ser eficiente. El problema es que no todo fue oscuridad, como se ha dicho desde el 2000. El problema es estar dispuesto a sacrificar la historia por hacer campaña.

http://www.reforma.com/

 
 
 
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